Los ojos vigilantes de San Francisco
Texto, fotografía, tomas y edición de videos: Carlos Villacís Nolivos
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Probablemente de pie en una de las ventanas de
las edificaciones en construcción de la sede real de Alhambra, un preocupado
Carlos V tenía sus pensamientos fijos en una naciente villa ubicada más allá de
donde se oculta el sol. Le llegaban noticias, tal vez un poco exageradas o
quizá demasiado reales, de que a poco más de 1.798 leguas (8.861 kilómetros) de
allí[1], los
vecinos avanzaban en la construcción de un complejo arquitectónico religioso de
proporciones inimaginables para unas tierras que apenas 40 años antes eran
totalmente desconocidas para el imperio en donde nunca se pone el sol. Pero el
tiempo pasaba y ni de lejos se vislumbraba el final de la edificación.
Mirando la quietud de las montañas y praderas que le rodean, el monarca comienza a preguntarse si las arcas del reino podrán soportar tamaña cantidad de recursos. “Con todo lo que he invertido en su iglesia, y en las torres que sobresalen en la ciudad, debería verlas desde aquí”, sentenció. Hablaba de la iglesia y el convento de San Francisco de Quito.
[1]
En la época de
Carlos V, estaban vigentes las regulaciones de los Reyes Católicos de 1496,
conocidas como La Pragmática de Tortosa, que determinaban que las distancias
debían medirse en la legua legal, equivalente a tres millas en algunos sitios
de España y cuatro millas en otros. En enero de 1587, el rey Felipe II promulgó
la Pragmática de la Legua “en
donde quedó abolida la legua legal y se estableció como única medida permitida
la legua vulgar o común”
-2-
El 24 de diciembre de 2020, 483 años después
del inicio de la construcción de la iglesia de San Francisco, crucé el pórtico
de acceso al convento, esperando con urgencia encontrarme algo que me saque de
la rutina.
Minutos antes, a eso de las diez y media de la
mañana, mi esposa Alexandra y yo cruzábamos los 8.625 metros cuadrados de la
centenaria plaza de San Francisco con varias fundas llenas de los dulces,
galletas y demás golosinas que esa noche iban a estar en las medias navideñas
de Carla, Nicolás y Fernanda. Nuestra meta antes de regresar a casa era tomar
un jugo de naranja que calme la sed de padres estresados.
A mitad de camino -cerca de la pileta a donde
acudían los aguateros para llenar sus pondos con el líquido- un par de jóvenes interrumpieron nuestro
transitar para entregarnos un tríptico sobre la Capilla de Cantuña, el
personaje al que la leyenda atribuye la astucia de haber engañado a Satanás
para salvar su alma y terminar la construcción de la iglesia. Nos invitaron a
visitar la exposición de pesebres y dar una vuelta por el museo en donde se
encuentran más de 3.500 obras del arte colonial quiteña de los siglos XVI al
XVIII, elaborados con maestría por integrantes de la legendaria Escuela
Quiteña, como Caspicara (Manuel Chili), Diego de Robles, Pampite (José Olmos),
Miguel de Santiago, Bernardo de Legarda, entre otros.
Anteriormente, un par de años atrás, había
hecho el impresionante recorrido por el extenso museo, pero como no tuve guía,
en aquella ocasión solo me limite a maravillarme por lo que mis ojos veían pero
sin aportar nada a mi cabeza. Incluso estuve en la maravillosa sala del coro que
está detrás del órgano tubular, en el segundo piso, en cuyas paredes están las
imágenes de los sacerdotes que describen cómo fue su muerte. Todo es
enigmático…
Sin embargo, dado que en pocas horas llegaría
la Noche Buena y aunque no teníamos planificada ninguna cena especial, hacía
falta algo que despertara nuestra curiosidad y nos obligara a cambiar de
planes. Pero pasó, fueron tan solo diez palabras que llegaron justo en el
momento en que nos íbamos alejando rumbo a cualquier lado: “También visitarán
las torres y desde allí verán la ciudad”.
Pocos minutos después, luego de la naranjada,
cruzamos el pórtico.
Como turistas ansiosos hubiéramos querido
omitir el recorrido e ir directamente a las torres, pero consultando el reloj
pensamos que a lo mejor en 30 o 40 minutos íbamos a estar allí, así que
reprimimos ese deseo y decidimos darle un poco de tiempo al recorrido. Al fin y
al cabo ya pagamos tres dólares por cada uno y prometieron cuidar nuestras
fundas golosas mientras estuviéramos allí.
La primera escala fue la exposición de pesebres
navideños. Comparado a lo que vimos unos años atrás, en el mismo sitio, este
era mucho más reducido, pero igual de hermoso. Fueron 23 obras de arte creadas
por vecinos quiteños, en distintos materiales y soportes, pequeños y grandes,
pero todos con la virtud de transportar al visitante hasta un mundo donde el
calor de la leña quemando y del café con pan caliente hecho en casa se combina
con instantáneas imaginadas al más puro estilo del Nacimiento de Venus del maestro Botticelli. Como en un marcador
deportivo, este fue un punto para San Francisco.
Luego de las fotos de rigor en la gigantesca
maqueta de la iglesia, el guía Carlos Núñez se hizo cargo de nosotros. Durante
las siguientes dos horas, este joven de apariencia rockera demostró no solo que
tiene un gran despliegue de conocimientos históricos, sino que ama la historia
y la memoria social. Esa actitud demostrada en la pasión de sus palabras
terminó por convertirnos en devotos del arte de la Escuela Quiteña y en amantes
profundos de esta ciudad.
Poco a poco, la información guardada en el Museo Fray Pedro
Gocial entró en nuestra mente y la llevó a los siglos en donde el arte quiteño
llegó a tener un prestigio sorprendente. El aliento simplemente se va ante esculturas,
como La Virgen de Pedro de Legarda,
que describe el capítulo 17 del bíblico Apocalipsis, o pinturas, como La Santísima Trinidad de Miguel de
Santiago. Más de una hora después los pies comenzaron a doler, pero no teníamos
la más mínima intención de terminar el recorrido.
Por un buen momento nos olvidamos de los campanarios y nos
concentramos en el parque, los loros, los árboles, la historia del fantasma de
la niña, los relatos de la fábrica de cervezas, el antiguo cementerio, la
perfecta acústica de algunos sitios del convento y en el increíble cuadro del
árbol genealógico de la comunidad franciscana, en el que aparecen 590 rostros,
todos enraizados en la imagen de San Francisco de Asís.
Todo esto es parte de los aproximadamente 40.000 metros
cuadrados de edificación del complejo arquitectónico religioso cuya
construcción empezó en 1537, apenas tres años después de la fundación española
de Quito y el inicio del proceso de avasallamiento de los pueblos originarios.
De hecho, varios historiadores han señalado que San Francisco se edificó sobre
las ruinas del palacio real del Inca Huayna Cápac, destruido por Rumiñahui.
Según los relatos, la construcción de todo el
complejo tomó mucho tiempo y se hizo por fases: el templo provisional estaba
listo en 1550 y la actual edificación concluyó hacia 1680. La inauguración
oficial se dio en 1705. Siglos después, el convento, la fachada y la iglesia
constituyen uno de los principales centros de atracción turística. Pero la
cereza del pastel estaba por llegar.
Apenas cincuenta metros separan la plaza de San
Francisco de la casa ubicada sobre la calle Benalcázar, en donde junto a mi
familia viví hasta los ocho años. Así, durante por lo menos dos años, de lunes
a viernes, mi madre y yo cruzábamos corriendo la plaza para llegar a tiempo a
las clases en la escuela Borja Nro. 1, en la calle Olmedo. En esta plaza, cada
diciembre había una feria con golosinas y juguetes, y allí comencé a tejer mis
primeros sueños infantiles mientras en el fondo sentía que me vigilaban desde
los campanarios de la iglesia. “¿Cuándo subiré allí?”, me preguntaba en
ocasiones, pero nunca tuve respuestas.
Como todo quiteño, aunque abandoné dicho barrio
siempre hay razones para regresar. Cada primero de Mayo, hasta hace algunos
años, participaba en las marchas obreras que concluían en la plaza de San
Francisco, con arengas proletarias y sindicales pronunciadas desde las gradas del
lugar. En otra ocasión, durante la Semana Santa, escuché absorto el concierto
sacro que salió de las campanas de la iglesia centenaria, y no faltó la vez en
la que la familia hizo un alto para comer en el restaurante Tianguez, ubicado
en los bajos de la edificación-.
En todas estas ocasiones, siempre mis ojos se
ponían en las torres de la iglesia, las veía tan arriba, tan alto… ese día iba
a llegar.
Quien iba a imaginar que de manera casual, ese
día prenavideño de 2020, se cumpliría el deseo de subir hasta los campanarios.
Por primera vez aprecié en primera fila y desde los ojos de los sacerdotes
franciscanos la magnitud de la plaza y la belleza del entorno arquitectónico.
Aunque el sitio no es tan alto como La Basílica
o el Panecillo, se podía encontrar perspectivas distintas en los cuatro puntos
cardinales. En estas alturas había edificaciones que no pasaban desapercibidas,
como el de la Vicepresidencia de la República, el esquinero Hotel Gangotena y la
futura fachada de la estación del Metro, casas cuya belleza contrasta con las
cúpulas de varias iglesias igual de centenarias que San Francisco, como Santo
Domingo, La Catedral, La Compañía, El Carmen Bajo, La Basílica… todas hermanas
en la fe y cómplices culpables de darle a Quito el título de Patrimonio
Cultural de la Humanidad.
La magnitud de lo que se veía hizo a Alex expresar: “Son los mejores tres dólares que he pagado en mi vida”. Mientras tanto, abajo, decenas de personas caminaban de un lado a otro pensando en la celebración de esa noche, ignorando que alguien los veía desde arriba, desde el campanario de San Francisco, ignorando que yo lo estaba observando.
Los 590 rostros del árbol genealógico de la orden franciscana, ubicado en las gradas de acceso al segundo piso del convento.
Uno de los patios interiores del convento, en donde habría estado uno de los primeros cementerios de la ciudad de Quito.Posdata: En tiempos de pandemias y en momentos donde los poderes dejan manifiesta su fobia a la memoria, nadie piensa en ciertos lugares, como los museos, donde hay gente que mantiene sus empleos porque cree en la necesidad de cuidar la historia y el patrimonio cultural. Por eso, desde Kitósfera, animamos a todos quienes están en Quito, como habitantes, turistas o viajeros de paso, a descubrir las maravillas depositadas en iglesias, conventos, museos y bibliotecas. Vaya en cuanto pueda, con las medidas de bioseguridad del caso y manteniendo la distancia prudente… pero vaya. Es nuestro patrimonio y necesita de nosotros ahora. Allí encontrará experiencias que enriquecerán su espíritu, cultivarán su mente y no lo defraudarán en lo más mínimo.
Sí, sé que dirán que la pandemia sigue, estoy de acuerdo, por eso digo, vayan cuando puedan, pero cuando puedan no olviden que su crecimiento como ser humano pasa por visitar estos lugares.
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